Alfonso Valdés

Maestro barnizador 

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 San Joaquín

Alfonso Ismael Valdés Vergara, es maestro barnizador, oficio que consiste aplicar tinturas, barnices, pinturas y demás tratamientos que se requieran en un mueble determinado, con el objetivo de protegerlo y embellecerlo. Dentro de los tratamientos más comunes se encuentran los craquelados, las pátinas, el ponceado, el lacado, el albayalde y los satinados. Para realizar su labor, el barnizador se vale de brochas y pinceles, huaipe, sopletes, espátulas, lijas y la “muñequilla”, compuesta de lana tejida envuelta de una tela fina, idealmente no sintética, como lino, algodón o tocuyo.

   El maestro Valdés nació el 10 de octubre de 1942 en el hospital de Puente Alto. Se crió en la viña San José Tocornal junto a sus diez hermanos. Su madre, Hermosina Vergara, nació en Talca y su padre, Alfonso Enrique, nació en Linares. El Maestro Valdés recuerda que su vida en la viña San José Tocornal, en donde su padre trabajaba fabricando toneles y cubas de almacenaje, fue una vida austera pero feliz. Estudió en la escuela existente dentro de la viña hasta el sexto de preparatoria. Nos cuenta que aunque no continuó sus estudios secundarios, sí se educó por su cuenta con ayuda de su cuñado y compadre, Jorge Hernández, quien fuera profesor de castellano.

   El maestro Alfonso se inició laboralmente limpiando el interior de los toneles de vino: “como era niño cabía en el portalón, o la boca del tonel”. Posteriormente trabajó como secretario o junior del químico de vinos de la viña. Fue aquel jefe quien le recomendó que buscara otras oportunidades de trabajo porque ahí no tendría futuro. Por medio de un amigo del club de fútbol, Ezequiel Abarca, ingresó a trabajar a la Standard Electric, en la calle Vicuña Mackenna con Agrícola, en la actual comuna de San Joaquín, y luego al taller de Humberto Muñoz, en Santa Rosa con Ñuble en la comuna de Santiago. En esos primeros años aprendió a barnizar el tipo duco, que se usaba en muebles de radio, característicos de aquella época. Trabajó en el taller de Humberto Muñoz hasta 1964. Para entonces ya había conocido otros talleres, especialmente el de Jorge Fernández, ubicado en la calle Santa Elena entre Victoria y Maule, en la comuna de Santiago, en el cual se hacía una mayor variedad de trabajos: pátinas, pinturas, envejecidos, cueros, enjuncados. Por medio de un aviso en El Mercurio llegó a Canciani Falabella, en República con Sazié, que por entonces era una fábrica de mucho renombre. Alcanzó a estar allí sólo algunos meses, los suficientes para conocer a su gran socio, y de quien aprendió toda “la pega del barniz”, el maestro Alejandro Alfaro.

   Alejandro Alfaro era un año menor el maestro Valdés, y cuando se conocieron cada uno manejaba técnicas de barnizado que el otro no. Se asociaron, se fueron de Canciani Falabella y entraron a trabajar para don Misael Ferrari, que tenía tienda de muebles, a quien Alejandro Alfaro ya conocía. Estuvieron seis años con Misael Ferrari.

   Antes del gobierno de la Unidad Popular decidieron trabajar de forma independiente: se arrendaron un local en Av. Italia con Av. Bilbao. Alcanzó a estar un año y medio en ese taller cuando lo fueron a buscar de Muebles Valdés, una de las fábricas de muebles más importante de Santiago. Por aquel entonces la fábrica de Muebles Valdés estaba ubicada en Vicuña Mackenna con Ñuble. Como le ofrecieron buenas condiciones, decidió entrar a trabajar ahí, donde lo recibió y terminó apadrinando un barnizador ya mayor, Jorge Muñoz. En ese momento terminó la asociación con Alejandro Alfaro, quien continuó trabajando  de manera independiente en el taller de Av. Italia en colaboración con Carlos Valdés, su hermano, el cual ingresó posteriormente a Muebles Valdés.

   Trabajó en Muebles Valdés durante veinte años, hasta 1990. Se retiró voluntariamente por considerar que si no se independizaba en ese momento, luego le iba a costar mucho hacer algo por su cuenta. Desde entonces trabaja en el taller que instaló en su domicilio, en la comuna de San Joaquín.

   Cuando se despidió del maestro que le enseñó, le preguntó qué podría hacer para agradecerle. Por respuesta le encomendaron que le  enseñara el oficio a dos personas más, y ya le ha enseñado al menos a seis. En primer lugar a su sobrino, que comenzó trabajando en Muebles Valdés y que actualmente trabaja con él en su taller (han trabajado juntos durante más de cuarenta años). En segundo lugar a su hijo Rafael, fallecido prematuramente en un accidente. En tercer lugar a Miguel Enrique Cortés Bruna, a quien acogió con 15 años en su casa. Y en cuatro lugar a Óscar, a Washington y a Sergio.

   Recuerda que antes había más demanda de su trabajo, aunque confiesa que aún hoy no le falta la “pega”. Generalmente le hacen pedidos clientes antiguos, fábricas o talleres de mueble, y por último diseñadores o tiendas del barrio alto. Algunos de estos últimos ya han muerto o no se dedican más al rubro, como Patricio Astaburuaga, Rafael Hurtado o Fernanda Eyzaguirre. Otros, en cambio, siguen muy vigentes, como Patricia Vargas. Tiene una cartera de clientes que sube al número de cincuenta, si bien algunos son  muy esporádicos. En parte le parece que la decadencia del rubro tiene que ver con la importación de muebles baratos y con la desaparición de los artesanos capacitados, “y como lo que no se renueva muere”, no es muy optimista sobre el futuro de su arte.